
1970. En un suburbio canadiense crece
Chester Brown, un adolescente típico. Esto significa que su historia es extrapolable a la de muchos adolescentes que conocí cuando moceaba: la relación de amor-odio con su madre y con sus compañeros de clase (esos matones que intimidan, las chicas que coquetean, los colegas
vacilones). Físicamente es flaco pero atractivo –o eso opina su madre- y posee como encanto añadido el que los amigos le reconozcan que es un artista, sobre todo las jovencitas.
Brown se describe como un joven confuso. No en vano, como magistralmente retrata la serie “Zits” (Borgman/Scott) los adolescentes son –fuimos- manipuladores y manipulables, enamoradizos, petulantes, torpes, soñadores, crueles, incoherentes. Aspirantes a adultos con alma y corazón de niños.
Chester Brown nos invita a recorrer su terreno emocional a través de los recuerdos. Desde el punto de vista de los adultos que somos, las historias pueden inspirarnos una combinación de piedad y empatía. Lo que narra es a la par divertido y triste, centrando básicamente la atención en su interacción con las mujeres, tanto con su madre como con las niñas, jovenzuelas enamoradizas que se sienten atraídas por el chico artista, que las rehuye. Así, cuando finaliza el cómic, comprendemos que ha versado sobre la incapacidad de Brown para involucrarse emocionalmente con las personas que le rodean.
"entretenido ejercicio de autocompasión disfrazado de profundidad"
En el álbum las viñetas se saltean de forma asimétrica a través de las páginas y el dibujo es simple pero me agradan esos frágiles cuerpecitos cabezones. Las viñetas carecen de detalles porque en lugar de concentrarse en la creación, Brown se autodetiene en su réplica, describiendo aquellas horas de inquietud con un blanco y negro elegante, rodeado por aureolas blancas que enmarcan las escenas revelando el vacío y la soledad de las que se nutre la adolescencia. El guión está cuidadosamente hilado, cada incidente es intenso para el adolescente y nos conduce a una resolución de emociones turbulentas.
Observo que a muchos lectores les ha resultado una lectura conmovedora. A mí, me ha parecido un entretenido ejercicio de autocompasión disfrazado de profundidad. Y es que cuando era adolescente mis amigos y yo éramos únicos, trágicos, virtuosos en alguna rama del arte –o eso creíamos- , conflictivos, volcanes a punto de eruptar. Como Chester Brown.
Concluyendo; he degustado una ombliguista rebanada de pan tostado con mermelada. Se agradece con el café pero no es un desayuno continental. Para eso, mejorando la misma línea, siempre podré saborear “Los Juncos”.
| Nunca me has gustado | Chester Brown | Astiberri, 2007 |
