El Mago descalzo de Luis Durán
Mientras mostrábamos un cuento troquelado a unos niños de tres años, entre sus páginas emergió una libélula. – Ooooh, exclamaron los pequeños, extasiados.
- “Esto es…una libélula”. - ¡una libélula! (léase con acento prosódico la sílaba “LU”) ululó una nena encantada, saboreando la palabra como sólo una enamorada puede salmodiar un nombre que contenga la sensual letra “l”.
Y así me sentí ante cada viñeta de “El Mago Descalzo”: con esa sorpresa inocente de quien descubre un tesoro oculto entre cubiertas.
Últimamente no me permito emotividad en las reseñas. Se me pide un pantallazo y respondo con pragmatismo: el argumento es tal, la ilustración es cual. Tampoco tengo mucho tiempo para dejar rastros de mí en las palabras. Siempre me sorprende la gente que con rigurosa asiduidad vomita alma, corazón y vida en la red, porque yo solo en el trabajo me permito unas porciones de Cronos para encarcelar mis pensamientos a través del teclado.
Esto es lo que provoca en mí Luis Durán: que me revele contra la estricta crítica y divague acerca de los imperceptibles milagros cotidianos. Describir esta obra es hablar de la desbordante imaginación de los niños, de la música que emanaría de un pedazo de brócoli, de mariposas que surgen al meter la manga en un tintero, de esputos viento en popa a toda vela, de arcoiris conjurados por un fantasma que toca el piano. Cómo resumir a Luis Durán, un maestro que dibuja y escribe alegorías de la existencia.
Si quieres saber más, compañero de pupila, te remito a las reseñas de “Atravesado por la flecha” y “Volátil”, ya que a estas alturas blogueras me niego a seguir defendiendo a capa y espada su personal estilo a la hora de ilustrar. Me sentiría como si pelease contra alguien que niegue las mareas.